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02, abril
La importancia extrema que debemos dar al acabado final en la obra, tropieza con múltiples factores a tener en cuenta que muchas veces se escapan de nuestra intención de un buen hacer. El boom de los años pasados que plagó de sub contratas mediocres el mercado de la construcción, la falta de gusto para la elección del material por parte de promotores ahorradores, que discrepan de las calidades sugeridas por Arquitectos y/o Interioristas, la falta de control de Aparejadores que se limitan a simples tablas estadísticas reguladas por los colegios, ( por ejemplo: ver x número de m2 de fachada por cada x m2 construídos.)
Ante éstos inconvenientes, la acción directa de quien diseña o engendra la obra, puede llegar a ser una herramienta para intentar mejorar el resultado final. Esto quiere decir que cuando el edificio salga a la luz, y nazca para ser utilizado, se encuentre en condiciones óptimas de calidad en su acabado, y por supuesto en su estructura, instalaciones etc.
Cuántas veces se encuentran a semanas de terminar la obra y a punto de entregar a su propietario, galerías más pequeñas, bancadas desniveladas, juntas de azulejos desportilladas, rejillas abolladas, electrodomésticos manchados, vidrios rayados y un sin número de elementos que no cumplen ni siquiera con tres elementos primordiales de la construcción, la escuadra, el plomo y el nivel.
Frecuentar más a menudo la obra, remangarse la camisa, replantear un despiece de ladrillo junto con el albañil, estudiar donde se inicia el chapado de un baño con pieza completa, visitar las fábricas de materiales con el constructor, revisar el 100% de los replanteos de tabiques, etc. Bien es cierto que éstas son labores de la Ejecución Material de la obra en las que se implican Aparejadores y Constructores con jefes de Obra etc, pero ante ciertas circunstancias y sin expropiarles la responsabilidad que sobre ellos recae, ante la inoperancia y la mediocridad, podemos intentar cambiar esa actitud con el ejemplo.
MAURICIO LÓPEZ RINCÓN